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José Antonio González Fernández todavía no digiere la muina.
Ya había escrito su discurso de toma de posesión para ir a dirigir al PRI.
Y literalmente, al cuarto para las doce le dijeron “siempre no vas”.
González Fernández ya dirigió a ese instituto político durante el zedillato, que también lo favoreció con otros cinco encargos de igual calibre durante aquellos aciagos –no como estos, la verdad— seis años: asambleísta, procurador del DF, director de ISSSTE, titular de Salud y del Trabajo.
Se interpusieron al nombramiento los contrincantes de Beatriz Paredes. Es dejar al PRI en manos de Enrique Peña, arguyeron. Y es que “el coleccionista de huesos”, cual también se decía de González Fernández, trabaja muy cerca del gobernador mexiquense. Lo mismo hace su protector Liébano Sáenz.
Así que, bastó con una llamada telefónica de Carlos Salinas –enemigo número uno de Ernesto Zedillo— al despacho de la señora Paredes para hacer recular a la dirigente nacional de los priístas.
Fue entonces cuando la tlaxcalteca decidió que ya no liaría sus bártulos y permanecería en las oficinas de Insurgentes Norte.
Salinas manda, pues. Los contrincantes de Peña, también.
Y Pepetoño, cual lo motejan, se quedó con las ganas de emular a Mariano Palacios Alcocer, quien hasta la fecha ha sido el único mexicanos que ha encabezado dos veces al Revolucionario Institucional.
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