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El ejercicio de la violencia no puede justificarse fácilmente. Sin embargo, si podemos advertir que el ser humano conserva en sus genes los instintos de sangre y de muerte. Al paso del tiempo estos instintos se domesticaron, el ser humano creó ejércitos, policías, escuelas e iglesias, que en teoría ayudaron a reprimir estos instintos caníbales. Sin embargo, al ser humano se le olvidó que no porque se repriman dejan de existir. Olvidó que la política detona los instintos despiadados de sangre y de muerte. Olvidó que la televisión los promueve hasta presentarlos como algo normal inclusive como algo lúdico. Inmersos en sus desequilibrios psíquicos ciertos políticos critican y persiguen a la violencia, siendo ellos mismos violentos y sanguinarios al sangrar al pueblo con sus sueldos, por ejemplo. La Iglesia critica la violencia cuando ellos perdonan y se apiadan de los ricos que son ricos a partir de la explotación de los más pobres de este país. La policía y el ejército no persiguen a la violencia, bien por el contrario, han sublimado sus instintos asesinos al abrazar las armas cuando se convirtieron en soldados o judiciales. Lo único que simbólicamente marca la diferencia entre el delincuente y el policía es básicamente el traje o uniforme. No ha de extrañarnos que en la política existan asesinatos. El político mexicano típico, desde hace años, ha encontrado en la política una manera de ejercer sus instintos de muerte, gozando de fuero, dinero e impunidad.
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